Panorama |
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El concepto de violencia remite al concepto de fuerza y este al de poder Un 56 % de las denunciantes desisten, no comparecen en los juicios o perdonan a su agresor Una de cada tres mujeres en el mundo ha padecido abusos La igualdad se debe entender como no desigualdad |
Violencia contra las mujeres Elena Pérez (Socióloga) El producto de una desigualdad estructural. En los últimos meses estamos asistiendo a un debate sobre la implantación de la nueva Ley Orgánica de medidas de protección integral contra la violencia de género. Este momento es el resultado de largas luchas por la introducción en el debate público de las situaciones de desigualdad en las que las mujeres están inmersas. Esta visibilización y los cambios que se han producido en el ámbito de la legislación, el reconocimiento oficial... son indispensables para acabar con este problema pero no hay que olvidar que el mero reconocimiento no es suficiente para una verdadera transformación. Hay que seguir ahondando en sus causas y replanteando y redefiniendo las estructuras sociales en las que se cimienta. Como expone Corsi (1995), el concepto de violencia remite al concepto de fuerza y éste al de poder, es decir, la violencia sería una forma de obtener poder mediante la fuerza. Además, esta violencia no se produce en un contexto neutro sino que como añade Corsi, tiene que existir una condición: "la existencia de un cierto desequilibrio de poder". De esta forma la violencia contra las mujeres sería la expresión más dramática de la desigualdad de género presente en nuestras sociedades. La violencia contra las mujeres se produce en diferentes terrenos, de esta forma se puede hablar de violencia sexual, acoso sexual laboral, trata de mujeres, violencia en el ámbito doméstico…A pesar de que todas estas formas de violencia tienen un origen común y plantean situaciones similares, adquieren matices que las diferencian. En el caso de la violencia en el ámbito doméstico, tomando la definición de Corsi (1995), se haría referencia a todas las formas de abuso que tienen lugar en las relaciones entre quienes sostienen o han sostenido un vínculo afectivo estable. En estas líneas se va a dar una atención especial a este último tipo de violencia, debido a que este espacio, considerado durante mucho tiempo como el "refugio" y el "lugar propio"de las mujeres, ha sido el escenario de las mayores agresiones sufridas, y a la vez del mayor silencio. Parece extraño que a pesar de que, desde la década de los ochenta, los organismos internacionales se hayan manifestado y hayan mostrado la gravedad de la violencia que sufren las mujeres en el mundo, no haya tenido como resultado un establecimiento de medidas completas y eficaces desde los diferentes estados y una reacción proporcional entre la población. En el caso español, en un estudio realizado en 1989 por el Senado de la Nación se concluye que "los malos tratos que sufren las mujeres dentro del hogar no tienen su causa en factores que puedan ser desencadenantes de la agresión concreta (alcohol, drogas, paro, pobreza...), sino en la situación estructural de la desigualdad real en la que aún se encuentra la mujer dentro de la sociedad. La dependencia económica, el reparto de papeles y funciones dentro de la familia, en el que la mujer sigue teniendo la consideración de subordinada, el mantenimiento de estereotipos sexuales, son causas profundas que hacen posible los malos tratos sobre mujeres". La importancia de esta consideración es su acento en la búsqueda de la raíz de un problema que se encuentra arraigado en las estructuras fundamentales de nuestro ámbito sociocultural. Este intento de esclarecer las causas en las que se fundamenta y por lo tanto de dar una oportunidad para un verdadero cambio, no ha sido correspondido de forma inmediata con una movilización de los diferentes agentes sociales presentes en nuestra sociedad. Dicho obstáculo muestra el carácter estructural de este problema. Tampoco la mayor visualización de esta situación por los medios de comunicación, a raíz del asesinato de Ana Orantes en 1997, ha producido una comprensión cualitativamente más profunda ni un cambio real en las actitudes de la población. Este contexto se muestra en la minimización que rodea a este tema, la culpabilización que sufre la mujer o las justificaciones que se dan con respecto a la agresión y al agresor. En un estudio realizado por la Asociación Pro Derechos Humanos (1999) se muestra como los medios de comunicación tienden a mostrar la violencia contra las mujeres como casos aislados cuyas causas son la pobreza o una especie de inclinación del agresor al "mal". Por otro lado, en una encuesta realizada por el CIS (cit. en Bosch y Ferrer, 2002), en el año 2001 el 96% del conjunto de los encuestados (varones y mujeres) consideraba que el maltrato a las mujeres era totalmente inaceptable; pero cuando nos adentramos en las creencias sobre estas agresiones se perciben valoraciones erróneas sobre las mismas. En una encuesta realizada por la comisión Europea en 1999 (cit. Bosch y Ferrer, 2002), el 46% de los encuestados del conjunto de la Unión Europea y el 40% de los encuestados españoles afirman que las mujeres son las que han provocado la agresión. En otro estudio de María José Díaz Aguayo (cit. en Lorente Acosta, 2001) el 64% de los varones jóvenes y el 34% de las mujeres jóvenes piensan que esta violencia es inevitable, así como el 14% de las mujeres adolescentes cree que la propia mujer víctima de las agresiones tiene parte de la culpa. Si atendemos a las instituciones sociales no cabe duda de que con respecto a la legislación se ha producido importantes avances en poco tiempo pero el mayor problema reside en su materialización. La vía jurídica se usa poco y el balance del resultado de las denuncias presentadas es bastante relativo. Según un estudio de la Asociación de Mujeres Juristas Themis (en Jaime de Pablo, A.: "Las respuestas de las leyes a la violencia familiar", en Osborne, 2001) sobre las denuncias realizadas entre 1992 y 1997 un 56% de las denunciantes desisten, no comparecen en los juicios o perdonan al agresor entre otras cosas por falta de recursos de apoyo y protección integral. Se tiende a calificar como faltas hechos de gravedad que son legalmente delitos. Los fiscales no recurren los sobreseimientos por retirada de denuncia y solicitan su absolución en el 66% de los casos. Por otro lado, en el proceso judicial, no se adoptan medidas de protección de la víctima. Además, se suelen considerar atenuantes que disculpan al agresor el alcohol, depresión, arrebato…, mientras que cuando la agresora era una mujer no se utilizan, e incluso en un porcentaje significativo se utilizó agravantes. Así el agresor a pesar de no habérsele diagnosticado depresión con anterioridad puede ver atenuada su pena mientras que la mujer maltratada que siempre padece una depresión más o menos grave, normalmente ve agravada su pena. Se muestra, así, como los valores y las creencias del contexto sociocultural en el que interactúan las personas son las que al final reinterpretan y definen la realidad. Esto se debe a que la dimensión cultural se muestra tanto en el plano consciente como en el inconsciente. Y sólo hay que recordar nuestro pasado más reciente para esclarecer aún más el contexto en el que estamos inmersos:
Tanto las actitudes actuales como la situación histórica nos dan una idea de la normalización que existe al respecto, o como expone Lorente Acosta (2001), de la situación en la que "lo anormal se convierte en normal", no entrando en conflicto con el ámbito sociocultural en el que se produce. La minimización de la gravedad del problema se ha vuelto más difícil al salir a la luz datos como los de la Organización Mundial de la Salud que calcula en un 70% los casos de muertes a mujeres a manos de sus parejas y ex parejas, mientras que en el caso de los varones supone el 5%, en todo el mundo. Asimismo, Amnistía Internacional calcula que una de cada tres mujeres en el mundo ha padecido abusos por agentes del estado, familiares o conocidos. En la Unión Europea casi un tercio de las mujeres entre 42 y 56 años sufren algún tipo de violencia en el ámbito doméstico. Según una encuesta realizada por el Instituto de la mujer en el año 2000, algo más del 4% de las encuestadas (mayores de 18 años) aseguraban ser maltratadas por algunas de las personas que viven en su hogar o por su novio y algo más del 10% de las encuestadas se encontraban en una "situación técnica" de maltrato cit. en Álvarez, 2001). En una encuesta realizada por el CIS en el año 2001 el 22% afirmaba conocer algún caso de malos tratos y el 88% opinaba que era un problema muy extendido (cit. en Bosch, Ferrer, 2002). Las explicaciones biológicas y psicológicas han mostrado su incapacidad para explicar estas situaciones debido a que muchos agresores no son violentos con otros varones y que el ser humano reacciona al género antes de que se produzcan los cambios hormonales. Queda sumergirnos, por lo tanto, en el aspecto social y cultural en el que se configura. Dentro de este último, factores tales como la situación económica, alcohol... no parecen tampoco ser la causa, ya que dicha violencia se produce en todas las situaciones sociales, aunque sí pueden influir en su intensificación. De esta forma, habrá que acercarse a ese ámbito sociocultural en el que se fraguan las desigualdades por cuestión de género. Como expone Álvarez (2001), hay unas motivaciones comunes que desencadenan la agresión, y éstas responden a muestras de autonomía de la mujer como el no mantener relaciones sexuales, organización de la casa, visitas de conocidos a la víctima... También encuentra coincidencias en la inclinación a no denunciar la situación por parte de la víctima como pueden ser la vergüenza social, temor al sufrimiento de los hijos, expectativas de que les van a cambiar, miedo real y un sentimiento de imposibilidad de escapar de una relación violenta. Este poder desigualitario se mantiene con instrumentos sutiles como la "reputación", así, como muestra Lorente Acosta (2001), tener el poder de definir reputaciones es una forma de controlar el comportamiento, materializándose en comentarios de conocidos y desconocidos, bromas, mensajes de los medios de comunicación, sentencias judiciales... De esta forma, se hace responsable a la víctima, teniéndose que enfrentar a una baja credibilidad y a una reprensión por el propio entorno social. Este rasgo es común, también, en las situaciones vividas por las mujeres víctimas de agresiones sexuales (Osborne, 2001) y en el acoso sexual en el trabajo (Pernas, en Osborne, 2001 y Osborne, 2003). Esto hace que la propia mujer desarrolle un sentimiento de culpa que obstaculiza sus decisiones y acciones ante la situación experimentada. De esta forma, unas normassociales que se muestran invisibles, serán la semilla de su futura reproducción social. Profundizar en las causas y en los instrumentos que permiten y reproducen la violencia que sufren las mujeres resulta imprescindible para poder romper con esta cadena. Porque de qué sirve enseñarles a un niño o a una niña en la escuela que los varones y las mujeres son iguales si cuando llega casa no lo puede contrastar con la realidad que está viendo; si cuando llega a su hogar no lo percibe entre sus padres, si escucha comentarios que lo contradicen, si cuando acceden al mundo laboral existe una situación de discriminación... En último lugar querría quedarme con unas consideraciones de Lorente Acosta (2001) que "la igualdad se debe entender como "no desigualdad" y que si "la sociedad es injusta, no habrá justicia". BIBLIOGRAFIA 1. Asociación Pro Derechos Humanos: La violencia familiar. Actitudes y representaciones sociales. Editorial Fundamentos, Madrid, 1999. 2. Bosch, E. y Ferrer, Victoria A., La voz de las invisibles. Las víctimas de un mal amor que mata. Ediciones Cátedra. Feminismos, Madrid, 2002 3. Corsi, Jorge. Violencia Masculina en la pareja. Una aproximación al diagnóstico y a los modelos de intervención. Editorial Paidós, Barcelona, 1995. 4. Lorente Acosta, M., Mi marido me pega lo normal. Agresión a la mujer realidades y mitos. Ares y Mares, Barcelona, 2001. 5. Osborne, Raquel, La violencia contra las mujeres. Realidad social y políticas públicas. UNED ediciones, Madrid, 2001. 6. Osborne, Raquel y Guasch, Óscar (comps.): Sociología de la Sexualidad. CIS, Madrid, 2003. 7. OMS: Informe Mundial sobre Violencia y Salud. Bruselas, 03/10/2002. |
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